Punto Medio

* Vuelve a resonar a nivel nacional el nombre de Jeshua

En Cuautitlán Izcalli hay un nombre que se niega a desaparecer, aunque las autoridades parezcan empeñadas en lo contrario: Jeshua Cisneros Lechuga. El pasado 13 de abril, se cumplió un mes más de su ausencia. Cinco meses desde aquel 13 de noviembre en que se perdió su rastro. Cinco meses de incertidumbre, de angustia, de preguntas sin respuesta.

Y también, cinco meses de una constante: la falta de resultados. El caso de Jeshua no es uno más. Se convirtió desde el inicio en un asunto mediático, en un llamado de atención que rebasó lo local.

Y aun así, o quizá por eso mismo, la respuesta institucional ha dejado mucho que desear.

Porque aquí no sólo se trata de lo que no se ha hecho… sino de lo que, según denuncian sus propios familiares, se ha hecho en su contra. Lejos de encontrar acompañamiento, los padres de Jeshua han enfrentado obstáculos. Lejos de hallar respaldo, han denunciado bloqueos. Y lejos de recibir sensibilidad, han sido testigos de episodios que retratan de cuerpo entero a la autoridad municipal.

Ahí quedó, para la memoria colectiva, la represión durante el informe de gobierno de Daniel Serrano Palacios; cuando la exigencia de una familia fue tratada como una incomodidad política, con gas lacrimógeno. Como si buscar a un hijo fuera un acto de provocación. Como si exigir justicia fuera un exceso.

Pero hay algo todavía más delicado: el intento de que el caso se diluya en el tiempo. En una conferencia de prensa, cuestionado directamente sobre el fenómeno de las desa-pariciones en Cuautitlán Izcalli, el presidente municipal aseguró que en la siguiente comparecencia presentaría un informe detallado sobre las personas desaparecidas.

Promesa hecha frente a los medios. Compromiso público. Palabra empeñada. Pero han pasado las semanas… y el informe nunca llegó. Silencio otra vez. Un silencio que no es menor, porque cuando la autoridad deja de hablar, lo que crece no es la calma… es la sospecha. Y peor aún, se alimenta la percepción de que hay una apuesta peligrosa: que el tema se enfríe, que deje de ser nota, que se diluya en la memoria colectiva. Que se olvide.

Pero no ha ocurrido así. Esta semana, el nombre de Je-shua volvió a cruzar las fronteras de Izcalli. La velada realizada en la Secretaría de Gobernación, en la Ciudad de México, no sólo fue un acto simbólico: fue una denuncia nacional. Una forma de decir que aquí, hay un caso que no se ha resuelto. Que aquí hay preguntas que siguen sin respuesta. Que aquí hay una ausencia que pesa… y acusa.

Porque en torno a su desaparición hay demasiadas incógnitas. Videos que no aparecen, información que no fluye, procesos que no avanzan con la claridad que la familia exige.

Y en ese vacío institucional, emerge algo que en México se ha vuelto tristemente común: la organización de las víctimas. La madre y el padre de Jeshua, Karla Lechuga y Luis Cisneros, no se quedaron en la espera. Fundaron el colectivo “Lirios Buscadores Izcalli”, un espacio que nació del dolor, pero que hoy representa a muchas otras familias.

Lo que está ocurriendo en Cuautitlán Izcalli no es un hecho aislado. Es un síntoma. Un reflejo de una crisis más profunda que, poco a poco, empieza a ser imposible de ocultar.

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