Punto Medio

La posverdad en Izcalli también lastima, aunque digan que no.

En Cuautitlán Izcalli no sólo están cambiando los números, están intentando cambiar la realidad.

Porque cuando una autoridad presume que los homicidios bajaron 57%, pero omite decir que en realidad aumentaron y que hubo una masacre, no estamos frente a un error; estamos frente a algo mucho más grave. Se llama posverdad.

Ese terreno resbaloso donde los hechos dejan de importar tanto como la historia que se cuenta. Donde un dato aislado vale más que el contexto completo.

Y en Izcalli, hoy, parece que esa lógica ya llegó a la seguridad pública. Porque sí, es cierto: los homicidios dolosos bajaron de siete a tres. Pero también es cierto y esto ya no lo dicen que el total de homicidios subió de siete a diez.

Ambas cosas son verdad. Pero sólo una se quiere contar. Y eso no es transparencia, es narrativa para tratar de engañar.

Una narrativa que se construye recortando datos, cambiando criterios y apostando a que nadie va a hacer la tarea completa.

Porque para que la posverdad funcione, se necesita algo fundamental: que del otro lado haya desinterés, distracción… o ignorancia.

Que nadie revise; que nadie compare; que nadie pregunte; que con escuchar “vamos mejorando” sea suficiente. Pero la realidad es terca.

Porque mientras en un boletín se habla de tres homicidios para presumir 57 por ciento de disminución, en otro documento oficial, el mismo gobierno reconoce que cinco personas fueron asesinadas a balazos en Santa María Guadalupe La Quebrada. Cinco. En un solo hecho.

Y entonces la narrativa empieza a hacer agua, se cae a pedazos, junto con su interlocutor.

Porque no es sólo que los números no cuadren. Es que los propios documentos oficiales se contradicen.

Es que en las estadísticas no aparece un sólo homicidio con arma de fuego… en el mismo mes en que hubo una ejecución múltiple con armas de fuego. Eso ya no es percepción. Es una grieta. Una grieta entre lo que pasa… y lo que se dice que pasa.

Y ahí es donde la posverdad se vuelve peligrosa. Porque deja de ser un tema de comunicación y se convierte en un problema de confianza; ahora se entiende, porque las autoridades, en encuestas serias, no gozan de la aprobación de los izcallenses.

Si los datos no reflejan la realidad, entonces la seguridad tampoco. Si las cifras se acomodan, la percepción se manipula. Y si la percepción se manipula, la ciudadanía toma decisiones sobre una realidad que no es completa.

Por eso el problema no es sólo el número. Es la intención de quien lo dice y lo promueve. La intención de construir una historia más cómoda que la verdad. La intención de decir lo que conviene… y callar lo que incomoda.

La intención, porque hay que decirlo como es, de apostar a que la gente no se va a dar cuenta. A que no va a leer. A que no va a cruzar datos. A que no va a cuestionar. A que los ciudadanos somos ignorantes.

Pero no. Porque cuando la información se revisa completa, cuando los documentos se cruzan, cuando los números se ponen en contexto… la narrativa se cae sola y se desenmascara al impostor. Y eso, ha de doler mucho.

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