David Nieblas Meza escribe “Tinta Suelta”, su columna semanal en Punto Medio
En tiempos donde la información circula a la velocidad de un clic, también la censura ha aprendido a moverse con la misma rapidez. Ya no siempre llega en forma de decretos, clausuras o persecuciones abiertas. A veces se presenta disfrazada de algoritmo, de reportes coordinados, de cuentas falsas o de granjas de bots que, con precisión quirúrgica, buscan silenciar voces incómodas.
Eso es lo que ocurrió hace unos días con la página de Facebook “Punto Medio +”, suspendida tras una ola de reportes masivos que forman parte de un ataque coordinado. No es la primera vez. Apenas en diciembre pasado, la misma plataforma fue hackeada bajo circunstancias similares.
Y aquí conviene detenerse un momento.
Cuando un medio es atacado de manera sistemática y cobarde en el espacio digital y/o físico, la pregunta inevitable no es sólo quién lo hace, sino por qué lo hace.
La respuesta suele ser tan vieja como la política misma: porque el poder y los políticos de pobre monta, cuando no toleran la crítica, buscan callarla.
Hay politólogos como Steven Levitsky y Daniel Ziblatt que explican que uno de los primeros síntomas de los liderazgos con tendencias autoritarias es su incapacidad para tolerar la crítica. No buscan debatir con los medios incómodos; buscan desacreditarlos o intimidarlos.
El sociólogo Manuel Castells, experto en comunicación y poder en la era digital, ha explicado que en las redes sociales se libra hoy una batalla fundamental: la lucha por controlar el flujo de información. Quien logra manipular ese flujo, gana capacidad de influencia política, y al parecer, eso es lo que están intentando hacer (fallidamente) algunos personajes de diminutos pensamientos.
Pero hay algo más profundo detrás de estas estrategias.
El psicólogo social Erich Fromm describía hace décadas un rasgo común en ciertos perfiles de poder: el narcisismo político. Se trata de liderazgos que no toleran el disenso porque su identidad pública depende de una imagen de perfección y control. Cualquier crítica no es interpretada como parte del debate democrático, sino como una amenaza personal.
De ahí que reaccionen con furia, con hostilidad.
Porque para el narcisista político, el problema nunca es la realidad que se denuncia. El problema es quien se atreve a mostrarla.
En ese contexto, algunos medios locales cumplen una función especialmente incómoda hoy en día en Izcalli. No hablan de abstracciones ni de discursos nacionales; hablan de lo que ocurre en la calle, en el municipio, en la colonia. Documentan decisiones, exhiben inconsistencias, hacen preguntas que alguien preferiría que nadie hiciera.
Y eso incomoda. Mucho. Por eso los ataques contra medios locales suelen ser más viscerales que los que enfrentan los grandes periódicos. Porque el poder cercano es también el más sensible a la crítica.
Pero hay una lección que la historia del periodismo ha repetido una y otra vez: la censura casi nunca logra lo que busca. Un medio que lleva más de dos décadas informando no se construye con seguidores digitales. Se construye con lectores, con credibilidad y con la confianza de una comunidad que reconoce su trabajo. Así es que, aquí seguiremos y seguro estoy, que los veremos pasar.
